Camino a la reelección

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9 de febrero de 2020
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«Lo que (Trump) hizo no fue perfecto. No. Fue un asalto flagrante a nuestros derechos electorales, nuestra seguridad nacional y nuestros valores fundamentales. Corromper unas elecciones para mantenerse en el cargo es quizás la violación más abusiva y destructiva del juramento de un cargo que puedo imaginar». La afirmación del senador republicano Mitt Romney refleja un sentimiento generalizado en las esferas políticas norteamericanas. Sin embargo, no fue suficiente para dar la aprobación al “impeachment”, la acusación constitucional que habría sacado del poder al Presidente Donald Trump.

En un ambiente de euforia, alentado ir el propio Trump que un día antes dirigió la “barra brava” republicana como experimentado animador de TV, el Senado rechazó la acusación en dos votaciones separadas.

La derrota demócrata ha fortalecido la campaña de Trump para la reelección. Nadie lo habría imaginado cuando comenzó su gobierno. Muchos observadores pensaban que todo había sido un grave error de los electores. Fanfarrón, prácticamente sin experiencia política ni conocimientos internacionales, con repetidas historias de abusos y menosprecio a las mujeres, parecía probable que sería sacado rápidamente del poder. En los experimentados círculos diplomáticos europeos casi de inmediato se empezaron a cruzar apuestas acerca de cuanto tardaría su destitución.

Este es el único pronóstico que no se ha cumplido. Pero los otros anticipos acerca de su desempeño en la Casa Blanca, si se han hecho realidad. Igual que el legendario elefante en una cristalería, Trump ha tropezado con los usos y protocolos tradicionales siempre que ha podido.

La prestigiosa revista The Atlantic recopiló 50 historias en que incurrió en graves errores o mintió descaradamente. Resumen bien su actitud permanente ante el resto del su país y el mundo.

Recién llegado al poder, en una reunión con scouts hizo alarde de sus experiencias en la niñez… pese a que nunca perteneció a los niños exploradores. Según el mismo recuento, en su primer día en la Casa Blanca sorprendió a un grupo de líderes republicanos al quejarse porque, según él, en la votación que ganó, se habían escrutado entre tres y cinco millones de votos “ilegales”. Nunca lo demostró. Al comenzar la campaña, aseguró -tal vez por si perdía- que la votación estaba “arreglada” (en su contra).

Hace dos años, ante la insistencia de Jim Acosta, reportero de CNN, exasperado el Presidente le espetó ocho veces que “¡era suficiente!”, mientras un ayudante trataba de arrebatarle el micrófono al periodista.

Pero, sin duda, lo mas llamativo ha sido su reiterado menosprecio, en su peor faceta machista, del sexo opuesto.

En el último episodio, Trump se embarcó en una pelea personal con Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes, quien estuvo a cargo de la primera parte del “impeachment”. La semana pasada, al entregar su mensaje sobre el Estado de la Nación, Trump le pasó a Pelosi una copia de su discurso, pero la dejó con la mano extendida cuando ella intentó saludarlo. Por toda respuesta, cuando el Presidente terminó de hablar, Nancy Pelosi rompió ostentosamente ante las cámaras de TV, el texto recibido.

Pero -como parece claro- para una estrecha pero fervorosa mayoría de norteamericanos, nada de esto afecta su apoyo a Trump.

Abraham Santibáñez

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