Algo más sobre don José Fortunato Berrios Rojas

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28 de julio de 2020
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Decíamos en nuestro anterior artículo “La Pandemia de Cólera en Talca (1886-1888)” -publicado en este mismo diario el 21 de julio del 2020- que el Presbítero don José Fortunato Berrios y Rojas, se ofreció en aquel tiempo para atender material y espiritualmente a los ”coléricos” que se hallaban en el hospital de esta ciudad. Pero, no obstante que eso le ocupaba mucho tiempo, cabe señalar que dicho sacerdote no dejó por ningún momento de preocuparse además por sus quehaceres cotidianos: siendo rector y maestro de sus estudiantes seminaristas, pastor de almas, hermano de los menesterosos y padre de los niños huérfanos, a todos los cuales les entregaba parte de su inmenso corazón con dulzura y esmero. Cumpliendo también “por supuesto”, con el obligatorio rezo del Oficio de las Horas Canónicas de los clérigos. Aunque en su modo de ver la vida todo acto que realizaba era para él oración.
Ahora bien, analizando todo esto desde la perspectiva de la fe y/o del sentido común, como se quiera interpretar, no cabe duda que Dios eligió a don José Fortunato como un dócil instrumento para por su intermedio y su ejemplo vigente en su época histórica y ahora, demostrar de manera práctica que sí es posible vivir el Evangelio entre los hombres, teniendo como llave de oro el Amor por el prójimo. Noble sentimiento que a lo largo de su vida pública Jesús reiteradamente enseñó a sus discípulos como la columna vertebral del Cristianismo. Hoy en día, en que Talca se encuentra luchando contra el Corona Virus, creo que sería saludable tornar nuestras almas y nuestros ojos, hacia la egregia figura del ilustre don José Fortunato Berrios. Cuyo cuerpo incorrupto desde el año 1889 en que falleciera en fragante olor a santidad, se conserva plácidamente en una capilla de la Parroquia San Luis Gonzaga de esta ciudad, que fue una de sus tantas fundaciones. Para que meditando serenamente sobre sus indiscutibles méritos y virtudes heroicas, tan necesarias en el presente se recuerde que él es y será siempre su magnánimo protector.
Pues esto lo prometió en su panguilensis lecho de muerte, al decir según quienes le acompañaban “Un tierno adiós al querido pueblo de Talca, y recordad siempre que eternamente pediré al Cielo por vosotros …”. Lo cual, a lo largo del tiempo, se ha cumplido cabalmente. Atribuyéndosele por su intercesión innumerables gracias y prodigiosos milagros. Fama que ha traspasado las fronteras maulinas, y aun nacionales, puesto que sus hechos se conocen incluso en lejanos lugares del orbe. Es así como Talca posee en don José Fortunato Berrios un tesoro, un viejo vecino de cuño superior. Un protector como decíamos que inspira magnificas cualidades humanas y espirituales: ¡un Santo! Que espera discreto como fue su vida llegue el día en que sea ascendido a los altares, para rogar a la Santísima Trinidad (su advocación tan querida), por cada uno de los chilenos que a él acuda. Por todo esto desde 1889 los talquinos han esperado que la Autoridad Eclesiástica abra su Proceso de Beatificación, asunto que interesó en su momento al primer y segundo Obispo de la Diócesis, señores Carlos Silva y Manuel Larraín. Más desgraciadamente, tras fallecer estos dignos prelados, como muchas otras cosas importantes en Chile, todo quedó no más en buenas intenciones y papeles hoy desaparecidos. Para iniciar un Proceso Canónico de esta especie, como primer requisito es necesario que el Siervo de Dios tenga méritos y virtudes heroicas indesmentibles. Con relación a esto cabe releer el Evangelio de San Lucas donde a propósito de ello escribe “por sus obras les conoceréis”. Y, en el caso de nuestro personaje creemos que estos son demasiados elocuentes, para que su Causa se lleve finalmente adelante.

Hugo Rodolfo Ramírez Rivera
Académico de la Historia

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