Aldo Bombardiere: “Arendt pensaba que la libertad era lo esencial para la especie humana”

Lúcida, la lectura de Hannah Arendt es una brújula que nos ayuda a seguir la ruta en tiempos oscuros. Lo es ahora, una vez más, en que el mundo parece ir a la deriva

Aldo Bombardiere advierte que el sionismo “se apropia de la historia de los creyentes judíos para realizar sus afanes neocoloniales sobre Palestina”.

En 1961, Hannah Arendt fue enviada por la revista The New Yorker a cubrir el juicio que se celebró en Jerusalén contra Adolf Eichmann, uno de los nazis responsables de la denominada “solución final”. Eichmann había sido capturado por el Mossad, a mediados de 1960, en una operación secreta que lo secuestró en Buenos Aires. La revista publicó varios reportajes sobre el caso. En 1963, Arendt publica “Eichmann en Jerusalén”, que generó gran controversia. Temas conversó con Aldo Bombardiere Castro, licenciado en filosofía de la Universidad San Alberto Hurtado, en torno a esta autora cuyo pensamiento sigue vigente.

Aldo, ¿por qué a Arendt le resultó tan impactante estar en el juicio de Eichmann?
“Lo que impacta a Arendt en el desarrollo del juicio es la constante liviandad con que Eichmann responde a las preguntas sobre su responsabilidad ante las atrocidades cometidas en los campos de exterminio. Pese a entenderlo todo, pese a asumir los hechos que se le imputan, aunque no sus valoraciones, no muestra ningún tipo de arrepentimiento. Ni el fiscal, ni los jueces, ni nada ni nadie pudo despertar la profundidad dormida de su conciencia, como si el acceso a la dimensión reflexiva de Eichmann estuviese bloqueado, y esto sin que se tratara de una persona psiquiátricamente limitada ni carente de inteligencia. Dicha razón será la que impulsa a Arendt a acuñar el concepto de ‘banalidad del mal’, ampliando y reconfigurando el otrora concepto de ‘mal radical’, sobre el cual había teorizado en obras anteriores”.

La ‘banalidad del mal’, ¿cómo nos aproxima a su naturaleza?
“La ‘banalidad del mal’ se refiere principalmente a lo superfluo, esto es, a la carencia de pensamiento reflexivo. Arendt retoma la tradición griega, específicamente la socrática, en la cual el pensamiento es concebido como un diálogo del alma consigo misma. En este diálogo, que según Arendt se hace presente gracias a la voluntad del espíritu, los seres humanos desplegamos nuestra libertad, actualizando la potencia del pensamiento: no conocemos el mundo, sino que construimos el significado de éste. Se trata de una facultad autorreflexiva, de una torsión que realizamos sobre nosotros mismos, la cual no viene dada desde afuera. Esa torsión posibilita que incluyamos a la otredad en nuestra interioridad, que la alteridad, el compañero, el prójimo, el anónimo, sean considerados a la hora de tomar nuestras decisiones, pese a que nunca podamos ocupar su lugar”.

En definitiva, toda autorreflexión implica un diálogo con valores y sentidos orientados a la construcción de lo común.
“Ciertamente. Signados por lo ético-político. La carencia de esta actitud autorreflexiva, el no-pensar, según Arendt, impide que Eichmann pueda arrepentirse. Él, siendo capaz de ingresar en esa dimensión autorreflexiva (al contrario de como lo han hecho muchos culpables en la historia, asumiendo sus posteriores tormentos y arrepentimientos), no lo hizo. En su lugar, respondía que las órdenes de crímenes dadas las realizó cumpliendo con su deber administrativo, lo cual significa, concretamente, que nunca reflexionó acerca de la profundidad del mal que engendraba, que confundió, por pereza intelectual, el deber burocrático con el deber moral (no por casualidad, durante el juicio, mencionó muchas veces a Kant, creyendo encarnar su filosofía moral). En una palabra: la ‘banalidad del mal’ reside en la actitud pasiva y superflua que no somete el mundo a examen, corriendo el riesgo de cosificar a las personas”.

Arendt publica “Eichmann en Jerusalén” en 1963.

COSIFICACIÓN DE LAS PERSONAS
Hannah Arendt, (1906 – 1975), formada en filosofía y ciencia política, fue una de las personalidades más influyentes del siglo XX. Entre sus obras destacamos: “Los orígenes del totalitarismo”; “La condición humana”, “Eichmann en Jerusalén”, “Sobre la violencia”, entre otros. En “Eichmann en Jerusalén”, Arendt abordó temas muy delicados como la presunta participación en el genocidio de los consejos judíos, que desató furias en todos los ámbitos. Según Andre Jaume, crítico literario y editor de Hannah Arendt, en “La pluralidad del mundo” (Taurus, 2019): “Ella nunca se retractó, sino que, en diversas conferencias y artículos, ahondó en el problema del mal en la modernidad y la cuestión del juicio y la responsabilidad”.

¿Cómo fue el epílogo del juicio?
“Eichmann terminó condenado a muerte, específicamente ahorcado. Luego fue incinerado y sus cenizas arrojadas al Mediterráneo, fuera de las aguas jurisdiccionales de Israel. Antes de morir emitió frases que en boca de otra persona hubieran podido ser consideradas enigmáticas, premonitorias, casi místicas, pero que al tratarse de él sólo pueden ser tomadas como grandilocuencias vacías. Esas palabras fueron: ‘Dentro de muy poco, caballeros, volveremos a vernos. Tal es el destino de todos los hombres. ¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria!’”.

Cuando el libro es publicado, ¿qué molestó a la comunidad judía?
“Hay varias razones, pero quisiera destacar una que es significativa en estos tiempos. Se trata de la escenificación comunicacional que Ben Gurión -Primer Ministro de Israel en ese entonces- hizo del caso, invitando a corresponsales de todo el mundo y presentando el asunto como un juicio donde no solo Eichmann, no solo un hombre, no solo el nazismo, sino la historia de la humanidad en su conjunto debía rendir cuentas al naciente Estado de Israel por la persecución de creyentes judíos desde tiempos inmemoriales. En ese sentido, a mi parecer, el juicio es instrumentalizado por Israel ejerciendo una victimización de la víctima: el Estado de Israel, víctima real del holocausto (junto a gitanos, homosexuales, comunistas, etc.), se victimiza al extremo de presentarse como única víctima, donde el Holocausto simboliza la consumación de una supuesta historia de abusos, y la creación del Estado de Israel en 1948, un giro de redención del presunto pueblo judío ante estos abusos. Si uno lo analiza bien, tal visión sigue imperando hoy bajo los códigos del sionismo, ideología que se apropia de la historia de los creyentes judíos para realizar sus afanes neocoloniales sobre Palestina, inmunizando cualquier crítica contra sí bajo la calificación de antisemita, lo cual es un gesto más de victimización excepcionalista, o sea, otro modo de concebirse, ahora políticamente, como ‘el pueblo elegido’”.

Esa cosificación de las personas que ocurre durante el régimen nazi, ¿tiene similitud con algunas de las prácticas de los aparatos represivos durante la dictadura militar chilena?
“Creo que esencialmente la dictadura cívico-militar chilena y el nazismo son experiencias muy distintas. Las dictaduras latinoamericanas, en general, no son ideológicas, sino negativas, su razón de ser fue decir ‘No’ al marxismo con el fin de restituir los privilegios amenazados de la clase dominante; el nazismo, en cambio, sí tenía un programa ideológico de fondo que, pese a todo superfluo, generó un efecto de compromiso vital en buena parte de la población alemana. Ahora bien, en cuanto a la función de las prácticas de tortura y exterminio, creo que hay similitudes entre ambos casos. Algunos historiadores tienden a explicar que la actitud de sometimiento y pasividad con que los judíos marchaban hacia las cámaras de gases se debió a que los pocos que se rebelaron, en Varsovia por ejemplo, fueron sometidos a muertes por torturas, es decir, padecieron atrocidades mil veces peor que la muerte por asfixia. En ese sentido, la tortura operó como mecanismo disuasivo, no sólo como castigo personal o mero sadismo patológico. La similitud con el caso de Chile creo que puede estar allí. Las violaciones a los Derechos Humanos perpetradas por la dictadura también cumplieron un rol político: despejar el camino para construir, con la menor oposición popular posible, lo que la derecha, hasta el día de hoy, suele llamar la obra de Pinochet. De no haber existido tortura, ejecuciones, desaparecidos, en suma, de no haber existido violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos, el modelo neoliberal de los Chicago Boys no hubiese sido implantado tan fácilmente”.

Le parece que los seres humanos, ¿estamos condenados a convertirnos en ‘caines’ unos de otros, cada cierto tiempo?
“Es complejo. Si se responde que sí se estaría asumiendo la fatalidad de la violencia y, en cierta medida, eso validaría algunas formas de dominación no sólo entre los hombres, sino también que uno mismo podría llegar a ejercer el día de mañana. Por otra parte, si se responde que no, entonces se pecaría de ingenuo, desconociendo la historia de la humanidad y las tensiones dialécticas que existen entre los diversos nudos de poder. No creo que, en cuanto hombres, seamos plenamente libres para hacer de este mundo un paraíso, pero tampoco que debamos flexibilizar y relativizar la moral al punto de dejar de luchar por hacer de este mundo un lugar mejor. Arendt creía en el perdón y pensaba que la libertad era lo esencial de la especie humana, que, exceptuando los casos de situaciones límite, el ser humano siempre podría someterse a un examen de conciencia capaz de brindarle razones para hacer el bien. En lo personal, no estoy tan seguro de que sea así, pero sí estoy seguro de que debiera ser así, o sea, que, aunque no lo seamos del todo, debemos actuar ‘como si’ fuéramos libres y, por ende, responsables.

Mario Rodríguez Órdenes/Fotografía: Anariky Valenzuela

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here