Agua fresca

De noche, me levanté y contemplé por la ventana cómo la lluvia caía sobre el patio de la casa. El agua fresca en la tierra, daba brillos y resplandor de luces, cual espejos en pequeñas pozas. Todo el jardín humedecido; en algunos sectores, la tierra se hizo barro. La lluvia abundante, no cesaba de prodigarse.

Cuando sentimos la lluvia y se obscurece el paisaje con las nubes en formas fantasmagóricas, ¿cómo no experimentar gratitud enorme? La aridez de este periodo confinado y extraño hace mayor la sequía prolongada que arrastra el territorio. Pero ahora, el agua fresca se nos brinda generosa y pura…

El campesino sabe bien de la importancia del agua. No hay fecundidad de la tierra, ni de labor alguna sin ella. Los agricultores viven la zozobra cuando las aguas de regadío les son sustraídas. Además, en la vida cotidiana, nuestro vínculo al agua, es mayor del que tenemos consciencia. Precisamente, por la carencia del elemento vital, se hace patente su importancia y valor.

Para los pueblos primitivos el agua tiene siempre un carácter sagrado y divino. Las primeras civilizaciones nacen cerca de ríos, como el Indo (China, India y Pakistán), el Nilo en Egipto o los ríos Tigris y Éufrates, del Asia Occidental, en la llamada Mesopotamia, que quiere decir “tierra entre los ríos”.

Nuestro país está atravesado por ríos que proceden de la cordillera andina, desde donde surgen puros y se extienden con afluentes y cauces, surcando los valles transversales hacia el mar, fecundado la tierra. A menudo, en las riveras, se formaron los primeros poblamientos a los que siguieron, luego, las ciudades.

Aquí, en la Región del Maule, la lluvia fresca que hemos tenido y que esperamos continúe, nos hace presente que cada gota de agua es una verdadera bendición. Nuestros ríos tendrán crecidas. No podemos, por ello, olvidar que el agua es un bien y patrimonio natural que corresponde cautelar. De hecho, las circunstancias de la pandemia nos han recordado que la higiene y lavado de manos, es indispensable para la protección contra la amenaza de contagio.

Es que el agua tiene ese carácter originario y misterioso de la vida misma, desde que en el útero materno fuimos concebidos; la necesitamos para calmar la sed, curar heridas o alimentarnos. Sin olvidar cómo, el agua nos vigoriza, al sumergirnos en un lago o río, con agua fresca y cristalina. Así, pues, tras padecer una dura sequía, esta lluvia copiosa nos recuerda los propios orígenes vitales, incitándonos a evitar tan graves estropeos, incurias e instrumentalizaciones, contaminándola, con sistemáticas acciones autodestructivas para planeta.

Horacio Hernández Anguita
Villa Cultural Huilquilemu UCM

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