Diego Palomo. Abogado. Doctor en derecho procesal y académico de la Universidad de Talca.
Dicen que no por mucho madrugar amanece más temprano. Y mucho de eso hay en las prisas de la “emergencia” dispuesta desde el 11 de marzo, en este afán por hacer todo rápido, de anunciar antes de pensar y decidir antes de escuchar. Cuando un gobierno parte con el eslogan de la prisa y emergencia, convencido de que la velocidad reemplaza a la prudencia, suele olvidar que gobernar no es una carrera corta, sino una prueba de resistencia.
El problema no es equivocarse al comienzo – eso le pasa a cualquiera -, sino insistir en el error como si rectificar fuera una señal de debilidad o, casi peor, como si creyesen ser poseedores y custodios de “la verdad”.
También habrán escuchado alguna vez que la práctica hace al maestro. Pero parece olvidarse que para que haya práctica primero tiene que haber algo de oficio, y para que haya oficio se necesita algo más que entusiasmo, discursos “firmes” y una seguridad que muchas veces es más impostada (y mal aprendida) que real. Hay decisiones que no se aprenden sobre la marcha, sobre todo cuando afectan a millones de personas. En política, como en la vida misma, hay errores que se pagan caros, y otros que se pagan entre todos.
Otro refrán popular nos recuerda que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Nunca faltaran las explicaciones, las conferencias llenas de convicción o las vocerías (sic) que aseguran que todo se hace por el bien del país. Pero la falta de experiencia – y, peor aún, la falta de empatía – suele transformar las buenas intenciones en resultados difíciles de defender. Porque gobernar no consiste solo en tener razón en teoría, sino en comprender cómo vivirán los que tendrán que soportar las consecuencias de cada decisión.
Dicen también que el que mucho abarca, poco aprieta. Y cuando se quiere cambiar todo al mismo tiempo, con equipos que todavía están aprendiendo dónde quedan las oficinas, lo normal es que surja una sensación de caos y desorden. No basta con haber tenido una mayoría, ni con tener convicción, ni con tener ganas, incluso ni con tener fe. Hace falta algo menos visible y se trata de un bien mucho más escaso, si en términos económicos se quiere ver: hace falta criterio. Ese que no se improvisa y que resulta central al administrar la cosa pública.
Hay un dicho antiguo que advierte que en boca cerrada no entran moscas. Sin embargo, hay ciertas autoridades del debutante gobierno que parecen convencidas de lo contrario y cuando hablan lo hacen como si cada declaración fuera una oportunidad para complicar un poco más lo que ya estaba complicado. Y vaya que hay que tener talento para complicar aún más todo. La seguridad excesiva, cuando no está acompañada ni sustentada en (casi) nada, termina en una puesta en escena difícil de tragar, y en pura soberbia. Y la soberbia, en política, suele ser el paso que antecede al “tropiezo”.
Tampoco es nuevo aquello de que nadie aprende en cabeza ajena. Cada gobierno cree que esta vez será todo distinto, que ahora sí se harán las cosas mejor, como se debe. Hasta que la realidad, que no lee discursos ni escucha vocerías (sic), se encarga de recordar que hay límites que no dependen de la voluntad, ni de la ideología, ni del entusiasmo.
Y por eso vuelve el dicho que da título a estas líneas: lo que importa no es cómo empieza, sino cómo termina. Los comienzos pueden ser ruidosos, llenos de promesas y de aplausos propios. Pero el final siempre llega, y cuando llega, lo único que queda es el resultado. No la intención, no el relato, no la convicción, no las ganas ni la fe. El resultado.
Como sea, si se entiende que la cosa pública requiere otras formas, otras velocidades, prudencia y criterio, podrá este gobierno ayudar efectivamente en atender las necesidades de millones de ciudadanos.
Aunque mientras, las consecuencias de la irreflexión, imprudencia e inexperiencia, los errores, se pagan caro y entre todos.





